domingo, 24 de agosto de 2014

El siglo del liberalismo económico

Para terminar con los antecedentes no cercanos de la Primera guerra mundial, abordaremos las demás potencias europeas y Estados Unidos, durante el siglo XIX.

La época victoriana.
Después de las guerras napoleónicas, se vivió un período de relativa paz nunca antes visto en la historia de Europa, lo que favoreció el florecimiento de la economía. Es cierto que hubo varios enfrentamientos y guerras durante el siglo XIX, pero en su mayoría se trataron de disputas locales o que involucraban dos potencias, por ejemplo, las guerras de independencia latinoamericanas, la Guerra de los Bóers, la Guerra franco-prusiana, la Guerra de Estados Unidos contra México, la Guerra ruso-japonesa, guerras que no escalaron más allá del escenario donde se enfrentaban, aunque su repercusiones sí hayan trascendido. Esta paz, sin embargo,  era frágil.
Las mayores beneficiadas de este período pacífico fueron Inglaterra y Francia, las cuales alcanzaron una primacía mundial, la primera, y una hegemonía en Europa la segunda. Esto se debió al auge de sus actividades económicas y a la concordia mutua, después de siglos de guerras entre las dos. Para los ingleses el liberalismo económico pasó a ser un dogma, sin importar si se era whig (liberales) o tory (conservadores) todos evolucionaron el régimen liberal, esto enmarcado en la regencia de la reina Victoria.
La reina Victoria subió al poder siendo muy joven y se casó  con su primo alemán Albert príncipe de Sajonia-Coburgo-Gotha. Contrario a la tradición fue un matrimonio enamorado, de ahí que una de sus ideas para lograr una paz continuada en el continente fuera la de emparejar las diferentes casas reinantes de Europa entre ellas y con sus hijos. Consideraba que si todos los reyes y emperadores eran parientes no podría presentarse una guerra fratricida. No contaba con que la época dorada de las monarquías llegara a su ocaso, y con ello su poder de influencia en las decisiones de cada país. Esta estrategia trajo consigo dos desgracias, la primera, que no logró evitar la guerra y la segunda en el ámbito familiar, la hemofilia. La tradición de emparejar casas dinásticas se presentaba en Europa desde hacía ya mucho tiempo, estás relaciones incestuosas hacían que defectos congénitos pasaran de generación en generación y se acentuaran en lugar de desaparecer. El ejemplo más conocido era el prognatismo (quijada pronunciada) que se presentaba principalmente en la casa de Habsburgo, llegando incluso a extremos en donde algunos príncipes no podían masticar en lo absoluto. Una gran quijada pasó a ser el sello de un rey y símbolo de distinción, tanto que si un hijo no nacía feo, era clara señal de infidelidad de la reina. Esto se debe a la presencia de un gen defectuoso, las relaciones endogámicas aumentan la probabilidad de que los hijos tengan este gen y en el caso extremo de que esta conducta se prolongue por generaciones hace que se incremente más su influencia, el cual era el caso de los Habsburgo y otras casas. Esto mismo sucedió con muchos de los descendientes de la reina Victoria, pero esta vez con la hemofilia, pasando a ser conocida desde entonces como la enfermedad de los reyes. Esta enfermedad tuvo una inopinada influencia en el desenlace de la Primera guerra mundial, ya que el biznieto de la reina era el zarévich Alexéi, hemofílico y por cuyos padecimientos su madre, la emperatriz Aleksandra Románova (nieta preferida de Victoria), permitió el ingreso en la corte del monje Rasputín. La influencia cada vez mayor de éste en la corte propició aún más la mala imagen que se tenía de la monarquía rusa, ayudando a las revoluciones posteriores y a la salida de Rusia de la guerra, esto lo veremos con más detalle posteriormente.
Al comenzar la Gran guerra varios de los reyes que se enfrentaron eran parientes, Guillermo II rey de Alemania era nieto de la reina Victoria, su primo hermano Jorge V reinaba en Inglaterra, así como su primo político en Rusia, el zar Nicolás II, casado con la ya mencionada emperatriz Aleksandra, prima hermana de Guillermo II.

Revoluciones en Francia.
La historia de Francia en el siglo XIX fue un hervidero de revueltas y cambios políticos. La Revolución francesa llevó a la Primera república (1792-1804), que terminó con la subida de Napoleón Bonaparte al poder, más exactamente hasta su auto entronización, la etapa en que Napoleón fue emperador se conoció como Primer imperio francés (1804-1814. 1815). Después llegó la Restauración (1814. 1815-1830) con la vuelta al poder de los Borbones en persona de Luis XVIII, interrumpida brevemente por los Cien días: tiempo que comprende la huida de Napoleón de Elba y subida de nuevo al poder, hasta su derrota definitiva en Waterloo. La restauración termina con la revolución de 1830, inmortalizada en el cuadro de Eugène Delacroix La liberté guidant le peuple, esta llevo al poder a Luis Felipe I, fue una de las revoluciones conocidas como liberales o burguesas, este ciclo se conoció como Monarquía de Julio (1830-1848), combatida a su vez por la fallida revuelta de 1832, que utilizara Víctor Hugo para su novela Los miserables. En 1848 llega el breve tiempo conocido como la Segunda república (1848-1852) en el cual sube al poder Luis Napoleón Bonaparte como presidente, pero luego traiciona los ideales de la república y se hace nombrar emperador a través de un plebiscito, sube al trono con el nombre de Napoleón III (Víctor Hugo le llamaría Napoleón el Pequeño), el nombre que recibe esta etapa es Segundo imperio francés (1852-1870). Durante el reinado de Napoleón III se presenta uno de los hechos que más influenciaron la Primer guerra mundial, la Guerra franco-prusiana, que ya hemos contado anteriormente. La principal consecuencia de esta guerra fue la unificación de Alemania, así como la humillación de Francia, los acuerdos de paz llevaron a la pérdida de las provincias de Alsacia y Lorena ricas en carbón y hierro. Los nombres de estas provincias aparecerán recurrentemente en la historia posterior de los conflictos entre Alemania y Francia, hasta que termine después de la Segunda guerra mundial con el Pacto del carbón y del acero. Adicionalmente Alemania impuso el pago de grandes sumas de dinero como compensación de guerra, los resentimientos con Alemania son ya irreconciliables. Tras la derrota francesa Napoleón III abdica y los republicanos se toman la asamblea formando la Tercera república (1870-1940) la cual nos acompañará hasta la Gran guerra. Para no dejar inconclusa la cronología política de Francia diremos que este período termina con la invasión alemana a Francia durante la Segunda guerra mundial, lo que lleva a la Francia de Vichy y la Francia libre en el exilio. Tras la derrota alemana llega, después de un breve período de gobierno provisional, la Cuarta república (1946-1958), a la cual le sucede, la Quinta república (1958-hasta nuestros días).

Estados Unidos y su doctrina del destino manifiesto
La doctrina del destino manifiesto era la creencia que tenían los estadounidenses que su nación estaba predestinada a crecer desde el Atlántico hasta el Pacífico, era una expansión evidente en sí misma. Aunque no oficialmente esta doctrina regiría la historia de los Estados Unidos durante el siglo XIX, en este proceso de expansión acabarían con pueblos aborígenes enteros en las luchas épicas del hombre civilizado contras los elementos salvajes en el lejano oeste. Del vaquero contra los indios, bisontes, mexicanos.
La Guerra estadounidense-mexicana (1846-1848) inició debido a la defensa que hizo Estados Unidos del más reciente miembro de la Unión, el estado de Texas. Texas era territorio mexicano, luego de permitir que colonos de Estados Unidos se asentaran en él, el número y poder de estos fue creciendo hasta tal punto que declararon su independencia en 1836, dando origen a la República de Texas, proyecto efímero que terminó con su adhesión a los Estados Unidos en 1846. Cuando México reclamó que las fronteras con Texas iban hasta el río Nueces y no hasta el río Bravo como sostenía Texas, Estados Unidos viendo su oportunidad declaró la guerra rápidamente a México llegando a tomarse a Ciudad de México incluso. Como parte de las condiciones para el fin de la guerra, México tuvo que ceder a la Unión los territorios de la Alta California y Santa Fe de Nuevo México, los actuales estados de Arizona, California, Nevada, Utah, Nuevo México y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. La tierra traspasada significa el 14,9% del área total del territorio de los Estados Unidos actualmente, y el 119% del territorio actual de México. En la figura se muestra el territorio cedido, es interesante notar cual fue la propuesta de Samuel Houston como compensación de guerra, la línea fucsia.

En su ensayo sobre la desobediencia civil el estadounidense Henry David Thoreau habla sobre sus principios básicos. Él pone en práctica estos principios dejando de pagar impuestos, en oposición a su propio país, el que consideraba un régimen esclavista y que iniciaba guerras injustificadas como contra México.
Hay que tener en cuenta este proceder imperialista de los Estados Unidos, en particular esta guerra, para entender su participación en la Primera guerra mundial, y la decisión de entrar en ella una vez descubierto el telegrama Zimmermann, el cual era una propuesta del imperio alemán a México para aliarse contra Estados Unidos en caso que éste decidiera entrar a la guerra. Entre los beneficios que podría acarrear esta alianza estaba la devolución de los territorios arrebatados.

Unificación de Italia
Desde inicios del siglo XIX Italia había querido unificarse pero el Imperio austríaco estaba presto para impedir cualquier tipo de unificación, pese a ello y gracias en gran parte al apoyo prestado por Napoleón III convencido por el conde de Cavour, Italia pudo comenzar su camino hacia la unificación. Este consistió en expulsar a los austríacos del norte, la Lombardía era contralada por Austria, y su entrega al Piamonte. En una segunda fase Garibaldi unificará los estados del sur y los entregará al rey Víctor Manuel II, a través de plebiscitos, no del todo claros, se unificaron Nápoles, las dos Sicilias y  los Estados pontificios. Quedando pendientes Roma, regida por el papa, y el Véneto en poder de los austríacos.
Con el inicio de la Guerra austro-prusiana por la supremacía en el mundo germánico, los italianos aprovecharon la oportunidad para conquistar Véneto aliándose con los prusianos y tomando Venecia. Finalmente luego de la Guerra franco-prusiana, Italia una vez más juega sus cartas y toma Roma pese a las protestas del papa que se considera prisionero en el Vaticano.
Así llega Italia a la Primera guerra mundial, con territorios todavía irredentos: Trentino, Alto Adigio, Trieste, Istria y Dalmacia, las cuales permanecían bajo el dominio austríaco. Pese a la clara animosidad imperante entre Austria-Hungría y los italianos, formaron junto con la Alemania Bismarck el pacto conocido como la Triple alianza, el cual no impidió que Italia una vez comenzara la Gran guerra lo abandonara y pasara al bando contrario bajo la promesa de recibir los territorios irredentos en detrimento de Austria-Hungría.

sábado, 16 de agosto de 2014

La tragedia de Francisco José

En las entregas anteriores he colocado de relieve lo determinante que fueron los alemanes en el estallido de la Primera guerra mundial debido a sus propósitos imperialistas en un mundo donde los viejos imperios ya se habían repartido el mundo. Pero los alemanes no eran los únicos con mentalidad imperialista, esto era lo común en la Europa del siglo XIX. Así como en el pasado el cristianismo, o más propiamente el afán evangelizador, sirvió de excusa para sojuzgar pueblos, el eurocentrismo fue la nueva religión que se utilizó como pretexto para tomarse el mundo: Europa con su civilización, moral y cultura superior, tiene no solo el derecho, sino la obligación de llevar la luz a los demás pueblos menos favorecidos, para así sacarlos de su retraso.
"Cierto que puede presentar factura por el servicio, después de todo no somos comunistas", de esta forma, como mafiosos, se rifaban el mundo. Sin tener consideración de los pueblos que allí vivían, dividían territorios de África de una manera tan burda como se puede apreciar aún hoy en los mapas de los países que dejaron, líneas rectas que más parecen divisiones de latifundios, en realidad eso eran. Los imperios establecidos se confiaron de su poder para no permitir que las naciones emergentes tomaran una posición en la palestra mundial. Esas eran las reglas de juego, cada imperio buscaba tener más territorios a través de movimientos diplomáticos, estratégicos o bélicos, con lo cual tener la hegemonía sobre las demás naciones europeas. De ahí que la rivalidad entre el Reino Unido y Rusia durante el siglo XIX se conociera como el “Gran juego”.
Por lo anterior, es necesario abordar los demás países en la contienda. Acercándonos más a la Primera guerra mundial, tenemos que hablar de la situación en la que se encontraba el Imperio austro-húngaro, este estado dual se había formado como  parte de las luchas en contra del Imperio turco otomano. Cuando Hungría logró separarse de los turcos, para afianzar su escisión, se unieron con los austríacos, el jefe de estado era Emperador en Austria y rey de Hungría, de ahí que se le conociera como “Imperial-Real” o “K.K.” (Kaiserlich-Königlich). Austria-Hungría estaba compuesta por todo un mosaico de pueblos: germanos, magiares, checos, eslovacos, polacos, serbios, croatas, italianos, rumanos, etc.
Esta vez invitaré Jacques Pirenne para que nos cuente esta parte de la historia, el texto lo extraje de su famosísima obra “Historia Universal. Las grandes corrientes de la historia”, como su nombre lo indica, aborda la historia como un conjunto de corrientes y no como hechos puntuales. También me valdré de la “Historia universal” de Carl Grimberg  (como curiosidad Grimberg no alcanzó a escribir esta parte de la obra porque murió antes de llegar a ella, la culminó, basándose en las notas de Grimberg, Ragnar Svanström). La organización que le he dado al texto es el siguiente: el origen del imperio austro-húngaro; como, desde su inicio, estaba a punto de disgregarse y los esfuerzos que hizo Francisco José para mantenerlo unido, muchas veces de forma cruenta;  luego lo único que lo mantiene es la unidad dinástica, y ahí precisamente es donde el sino trágico de Francisco José toma relevancia, los principales herederos o posibles sucesores terminan muertos de forma violenta, su hermano Maximiliano, fusilado en México donde había llegado como rey dentro de una estrategia de hegemonía de Francia a nivel mundial; su hijo Rodolfo se suicida junto con su amante, al parecer la estricta disciplina castrense impuesta por su padre desde niño afecto psicológicamente la personalidad del príncipe; y finalmente su sobrino, heredero al trono, Francisco Fernando es asesinado en Sarajevo lo que detona la Primera guerra mundial; antes de eso su esposa, la hermosa emperatriz Isabel, más conocida como Sissi, es asesinada en Suiza por el anarquista italiano Luigi Lucheni; de ella se han hecho múltiples películas, mostrando el gran amor que se tenían, al parecer no lo fue tanto, aunque habría que dejarle esa parte a la prensa rosa. Aunque en la obra de Grimberg se habla que Francisco José supo sobreponerse a estas tragedias, es fácil dejarse llevar por la idea que cuando se presentó el asesinato de su sobrino, la sobrerreacción del emperador se vio influenciada  por los hechos que le precedieron, o por lo menos dejarse llevar por el plan orquestado con Alemania, el de la guerra como fuera. Como ucronía sería bueno analizar si de no suceder estos acontecimientos que tanto hubiera cambiado la historia y si la conflagración hubiera estallado. De todos modos, como veremos en el texto de Pirenne, había muchos más intereses en el escenario internacional que una simple tragedia familiar.


Los soberanos de Austria y Prusia recobran la autoridad.
Una vez restaurada por todo el imperio austriaco la autoridad de Viena, se consideró que había llegado el momento oportuno de dar marcha atrás, y para infundir la máxima amplitud al poder imperial el emperador Fernando abdicó. La corona, por renuncia de su hermano, pasó a su sobrino Francisco José (2 de diciembre de 1848).
En Hungría la guerra civil causaba estragos, y el Parlamento, alegando que el rey no podía abdicar, se negaba a reconocer a Francisco José. Windischgraetz ocupó militarmente Buda y Pest, y el Parlamento y el Comité Ejecutivo huyeron a Debrecezen. De esta forma Hungría quedaba también sujeta a la dictadura militar, reforzada por un cuerpo de ejército ruso.
Francisco José, alegando que las concesiones hechas por su antecesor habían desaparecido con su ascensión al trono, anunció su intención de unir a todos los países de la monarquía en un gran Imperio.

Francisco José otorga una constitución única
Despreciando las tareas del Parlamento austriaco reunido en Kremsier, el emperador  otorgó el 4 de marzo de 1849 una Constitución para todo el imperio y disolvió la Asamblea. Esta Constitución, promulgada simultáneamente en Viena y en Pest, creaba una Cámara Baja y una Cámara Alta, reservada en sus tres cuartas partes a los nobles o grandes terratenientes, y garantizaba la libertad personal y religiosa, así como la igualdad de derechos para todas las nacionalidades.

Venecia, anexionada de nuevo a Austria
Venecia, bloqueada desde septiembre de 1848 por las fuerzas austriacas, preparó su resistencia, y con este fin concedió a Manin poderes dictatoriales e impuso un empréstito forzoso. En respuesta, Austria bombardeó la ciudad. Los venecianos resistieron durante cinco meses, hasta que sin víveres y diezmados por el hambre y el cólera tuvieron que capitular el 27 de abril. La República veneciana volvía a convertirse en una provincia austriaca.

Francisco José inaugura el imperio unitario.
A la política alemana de Schwarzenberg, tendente a asegurar la hegemonía austriaca en Europa central, correspondía una política interior destinada a restaurar el poder absoluto del emperador. Y para lograrlo era preciso, en primer lugar, anular las instituciones nacionales que los acontecimientos de 1848 habían concedido a los diferentes pueblos del imperio. Esto fue lo que hizo la Constitución del 4 de marzo de 1849, colocando a los ducados austriacos, Hungría, Bohemia y a las provincias eslavas dentro de un marco constitucional único, dependiente de la autoridad del emperador.
Se revolucionó Hungría y la sublevación fue ahogada en sangre (mayo de 1849). Más tarde, una conferencia episcopal reunida en Viena condenaba las aspiraciones nacionales. Desde entonces, el derecho divino no vaciló en sancionar el poder del emperador y la unidad del Imperio.
La victoria de la monarquía de los Habsburgo sobre liberales y nacionalistas fue posible por la intervención del ejército y el apoyo militar proporcionado por el zar. La vuelta al absolutismo en Austria vino por estos dos cauces: la existencia de un poderoso ejército austriaco bajo el mando único del emperador, y la alianza con Rusia. Tales fueron los factores que contribuyeron a la restauración del absolutismo imperial en 1851, al regreso de Metternich a Viena.
Frente al liberalismo, el absolutismo tenía que apoyarse en el restablecimiento del régimen nobiliario o en la fuerza representada por el ejército.
Lo primero era imposible porque la nobleza húngara, celosa de sus privilegios, se manifestaba hostil al poder absoluto del soberano, así como a la unidad del Imperio. Francisco José sabía que su plan contaría con la oposición de la aristocracia y que, por consiguiente, no le quedaba otro apoyo que el ejército.

El imperio austriaco se disgrega.
Contrariamente a Alemania, en Austria, carente de unidad racista, se integraban germánicos, magiares y eslavos, entre los que era preciso contar también con checos, polacos y eslavos del Sur, encauzados todos, desde 1848, por un movimiento nacional cada vez más intenso. En la Austria alemana dominaban las ideas pangermanistas; los checos, por reacción contra la poderosa aristocracia terrateniente alemana de Bohemia, se inclinaban por el paneslavismo, y finalmente, los eslavos del Sur, si bien divididos en distintas comunidades y escindidos religiosamente en servios ortodoxos y croatas católicos, estaban orientados hacia la Gran Yugoeslavia. El único lazo que los mantenía unidos políticamente  era la dinastía. Frente al bloque sostenido por la mística del racismo germánico que representaba Alemania, en pleno auge económico e intelectual, Austria aparecía como un conglomerado arcaico, como una supervivencia de tiempos pasados. Sus clases dirigentes compartían ese patriotismo sin esperanza que interpretó el poeta vienés Grillparzer, el cantor de la Austria que había sido primera potencia de Europa a comienzos del siglo XIX y que, arrastrada por las corrientes nacionalistas, se disgregaba, Austria moría políticamente, sin fuerzas ya para integrarse al progreso económico ni a la corriente intelectual de su tiempo.
Francisco José, cuya única política posible consistía en asegurar la supervivencia de la dinastía, intentó en 1870 acomodarse a esta situación tratando de convertir a Austria en un imperio federal, pero Bismarck no estaba dispuesto a renunciar al dominio que, a través de Austria, ejercía la raza alemana sobre los eslavos de la doble monarquía, y que para su mantenimiento requería una Austria fuertemente centralizada en la autoridad imperial. Se alió, pues, con los húngaros, quienes habiendo alcanzado en 1871 un puesto relevante en el Imperio iban a imponer la doble monarquía, bajo la autoridad del canciller húngaro Andrassy, un absolutismo repartido entre Austria, dueña de los checos y de los polacos, y Hungría, dominadora de los rumanos de Transilvania y de los eslavos del Sur.
Por otra parte, tampoco el Imperio ruso habría visto con agrado la constitución de una Austria federal, en donde los polacos de Galitzia, al recobrar la autonomía, se revelasen como peligroso polo de atracción para los polacos incorporados a Rusia y Alemania.
La política interior de Austria quedaba así suspendida a los intereses de los imperios germánico y eslavo. Y del mismo modo que la influencia de Bismarck determinó que Francisco José volviese a una fórmula centralizadora, igualmente la de Alejandro II impuso la conclusión de un acuerdo entre los tres emperadores garantizando el mantenimiento del reparto de Polonia.
Jacques Pirenne
Historia Universal. Las grandes corrientes de la historia


El imperio de Francisco José
En 1879, el cambio de Bismarck en política exterior fue igualmente espectacular. La nueva orientación exigía un acercamiento a Austria; en consecuencia, el 13 de agosto de 1879, el canciller telegrafió al ministro de Asuntos Exteriores de Austria-Hungría, conde Andrassy, para proponerle una entrevista; éste aceptó y visitó a Bismarck el 27 y 28 de agosto. El acuerdo fue fácil: la alianza defensiva entre Alemania y Austria. Al cabo de unos días, Andrassy comunicaba a Bismarck que el emperador Francisco José aprobaba las condiciones provisionales.
Mucho más tarde, Francisco José diría a Teodoro Roosevelt: «¡Soy el último monarca de la vieja escuela!». Francisco José reinó durante sesenta y ocho años. La revolución de 1848 le produjo el miedo a las barricadas, una constante preocupación que influyó en él toda su vida; el primero de sus ministros-presidentes, el príncipe Schwarzenberg, le repetía que, en su calidad de emperador por la gracia de Dios, disfrutaba de derechos especiales, pero también de obligaciones especiales, y como la palabra «deber» adquiría pleno sentido en un hombre de su carácter, años tras año y década tras década, Francisco José trabajó desde la mañana hasta la tarde, estudiando los documentos que le llevaban sus ministros. El emperador, muy susceptible, cumplía meticulosamente todas las obligaciones del reglamento y de la etiqueta; quien solicitaba audiencia era recibido, y el ejército era objeto de todos sus cuidados: por otra parte, entre los militares se encontraba a sus anchas, y él mismo vestía continuamente de uniforme.
Del emperador se dice que en cierta ocasión exclamó que ninguna desgracia le había respetado; en su vida familiar, mientras la tuvo, una tragedia sucedió a otra: su hermano Maximiliano murió ante un pelotón de ejecución en México; su hijo, el príncipe heredero Rodolfo, se suicidó en el castillo de Mayerling, en el Wienerwald, con su amante la baronesa Vetsera; su esposa, la hermosa y neurótica emperatriz Elisabeth, fue asesinada por un anarquista en Suiza. Tales desdichas hubieran aniquilado al más resistente, pero Francisco José prosiguió su tarea de soberano sin flaquear. Desapareció su generación, sus amigos murieron a su vez, y el emperador se quedó sólo. Comprendía muy poco lo que pasaba en el mundo; solamente que las fuerzas revolucionarias no cesaban de actuar y que él, Francisco José, debía combatirlas. A su juicio, la revolución era la síntesis de todos los males de la tierra.
Carl Grimberg y Ragnar Svanström
Historia universal


Jacques Pirenne (1891-1972) Conde Pirenne, fue un historiador y jurista belga. Doctor “honoris causa” de las Universidades de Bruselas y Ginebra, miembro de la Real Academia de Bélgica.

Carl Grimberg (1875-1941) Historiador sueco. Profesor de historia de la Universidad de Gotemburgo hasta 1918, dedicándose exclusivamente después a la historiografía.


sábado, 9 de agosto de 2014

De Napoleón a la Primera guerra mundial

Continuando con las causas que dieron origen a la Primera guerra mundial es necesario remitirse a la historia del siglo XIX en Europa. El error cometido por los ganadores de las guerras napoleónicas fue pretender que no había pasado nada, que se podía continuar con el antiguo régimen, creer que los súbditos, alegres que el demonio llamado Napoleón hubiera sido vencido, se iban a olvidar de las ideas de la ilustración, las cuales gracias a las conquistas francesas habían sido esparcidas por todo el continente; concluirían que debido a que “El sueño de la razón produce monstruos” lo mejor era despertarse de la pesadilla  y regresar de una vez al siglo XVIII. Mientras algunos reyes no fueron tan cortos de vista y trataron de transigir con las nuevas ideas llevando al despotismo ilustrado (concepto político de finales del siglo XVIII), otros monarcas mostraron toda su estupidez como nuestro Fernando VII aplastando cualquier movimiento reformista tanto en España como en América. Pero el mundo ya no era el mismo, la ilustración sí había calado dentro del pensamiento de Europa, los sueños nacionales no iban a desaparecer con Waterloo.
Me valdré nuevamente de Dietrich Schwanitz para que nos cuente como fue este período, me gusta sobre todo por la forma sucinta como da un repaso a este siglo, ya que de modo alguno pretendo que esto sea un tratado de historia decimonónica. Él cuenta esta historia desde una óptica alemana, lo que nos ayuda más a encaminarnos hacia la Primera guerra mundial.

Napoleón y el fin del Sacro Imperio Romano
Alrededor de 1800, el Sacro Imperio Romano era un revoltijo de doscientos cincuenta  principados independientes. Sólo dos de ellos destacaban sobre los demás: la Austria católica con la de los Habsburgo, que ponía al emperador, y la Prusia protestante. Las dos tenían sus dificultades  en el este, y sus territorios se extendían mucho más allá de las fronteras del Imperio. Austria estaba unida al reino de Hungría, al que había liberado de los turcos, y Prusia había heredado de la Orden Teutónica Prusia Oriental, que no pertenecía al Imperio. Por otra parte, Austria, Prusia y Rusia se habían repartido Polonia, que quedó borrada del mapa en 1795.
La mayoría de los estados pequeños se hallaba en Alemania occidental, en lo que después sería la República Federal de Alemania. Napoleón les dio por primera vez cierta unidad. Para compensar a todos estos príncipes de las pérdidas  que habían sufrido a consecuencia de la anexión francesa de los territorios situados en la ribera izquierda del Rin, el Imperio francés resolvió suprimir el poder eclesiástico y las ciudades libres y reducir los distintos territorios a unas medidas razonables. En 1806, éstos decidieron unirse en la Confederación del Rin y ponerse bajo el protectorado de Napoleón. Francisco I de Austria declaró el fin del Sacro Imperio Romano Germánico. Este imperio había durado mil años, desde el año 800 hasta 1806, y nunca logró funcionar. Era un ente amorfo, con una increíble capacidad para sobrevivir al más bajo nivel. Fue sustituido por los logros de la Revolución francesa: el Código Napoleónico, la igualdad ante la ley, la libertad religiosa, una administración racional, etcétera. La formación de la Confederación del Rin significó el primer paso hacia una Unión europea franco-alemana bajo la batuta de Francia, la influencia de Alemania occidental y la exclusión de Prusia y Austria.


El congreso de Viena (1814-1815)
En el Congreso de Viena se bailó. Y durante las pausas, bajo la dirección del canciller vienés Metternich, se establecieron las bases del orden internacional del siglo XIX. Pero, al hacerlo, se incurrió en una gran contradicción que determinaría la historia de los próximos 150 años:

  •   La Revolución francesa había demostrado que la única forma de modernizar un país era a través del Estado nacional. La posibilidad de que los hombres participaran en la política a través de la democracia presuponía la existencia de una unidad cultural y lingüística. Así pues, democracia y unidad nacional iban juntas: sin un Estado nacional, la democratización se hacía imposible, pues ésta amenazaba con dinamitar el Estado.
  • El Congreso de Viena puso el énfasis en los principios prerrevolucionarios (restauradores) de la legitimidad de los príncipes y del cristianismo, y por eso reprimió los movimientos nacionales y democráticos. Con este fin, las potencias reaccionarias (Prusia, Austria y Rusia) fundaron la Santa Alianza. De estas tres, ciertamente Prusia podía pasar por un Estado nacional, pero que no abarcaba toda la nación.


El período 1850-1870 en Francia, Italia y Estados Unidos
Mientras Alemania seguía ocupada tejiendo su telaraña feudal, otros países mostraron cómo podía resolverse el conflicto de la modernización.
  • En 1850, en Francia un nuevo Napoleón se adueñó de la segunda revolución y, a diferencia de Federico Guillermo IV, aceptó la corona imperial que le otorgó un referéndum popular, llamándose desde entonces Napoleón III, pues el hijo menor de Napoleón fue durante un par de días jefe del Estado francés bajo el nombre de Napoleón II (el nuevo emperador Luis Napoleón era el primer sobrino de Napoleón). En Francia sólo se podía ser emperador por la gracia del pueblo.
  • Al igual que Alemania, Italia estaba dividida en pequeños estados dominados por Austria, y el nacionalismo estaba igual de frustrado (por eso los dos países serían más tarde fascistas). La pequeña Prusia de Italia se llamaba Piamonte-Cerdeña, con capital en Turín. Su primer ministro, Cavour, se aseguró el apoyo de Napoleón en la unificación de Italia y juntos vencieron a Austria en Solferino (el médico Suizo Henri Dunant quedó tan impresionado por la masacre que fundó la Cruz Roja –el negativo de la bandera suiza–). Después se produjo en Italia un levantamiento nacional liderado por Giuseppe Garibaldi, de Niza, que se convirtió en el héroe del pueblo italiano. El norte de Italia ya había sido unificado por el rey Víctor Manuel II (1860), y Garibaldi y sus guerrilleros expulsaron a los Borbones de Sicilia y Nápoles.
  • Entre 1861 y 1865 tuvo lugar la guerra más sangrienta del siglo XIX después de las guerras napoleónicas: la guerra civil americana, que enfrentó a los estados del norte con los del sur. Tras la elección de Abraham Lincoln, los estados esclavistas del sur abandonaron la Unión y formaron su propia federación. La economía de los estados del sur dependía de las plantaciones de los terratenientes seudoaristocráticos, y su explotación era mucho más rentable si se contaba con esclavos (los grandes terratenientes de Prusia también habían explotado sus tierras con sus siervos, los campesinos que no obtuvieron su libertad hasta 1807). El norte, en cambio, era industrial y la industria presupone movilidad y libertad. Ciertamente, en esta guerra civil los americanos combatieron fundamentalmente «por o contra la Unión» o «por o contra la esclavitud», pero detrás de todo esto estaba el conflicto entre dos modos de producción irreconciliables. Muchos han comprendido gracias a la novela de Margaret Mitchell y a la película Lo que el viento se llevó, basada en dicha novela. Como todas las guerras civiles, la americana también fue una guerra extremadamente cruenta, y el triunfo de los estados del norte a dejado secuelas psíquicas reconocibles hasta hoy mismo. Qué es lo que hubiera pasado si hubieran vencido los estados del sur es algo que puede verse en Alemania, donde la Prusia latifundista sometió al occidente industrial. Esta situación sólo ha vuelto a invertirse con la anexión de la antigua República Democrática Alemana por Alemania occidental. Hoy, Alemania se encuentra en la misma situación en la que se hallaban los americanos al final de la guerra civil.


El Segundo Reich
Uno de los defectos congénitos del nuevo Reich fue su fundación a costa de la derrota de Francia. Además, del hecho que se arrebatara a Francia Alsacia-Lorena, ligaba al Segundo Reich con el recuerdo de la humillación sufrida en Francia y con el recuerdo del triunfo militar en Alemania, de modo que celebrar la fundación del Segundo Reich fue siempre celebrar la victoria sobre Francia. Esto envenenó las relaciones entre ambos países.
El proceso se produjo de la siguiente manera: un príncipe católico de la Casa de Hohenzollern se convirtió de pronto en pretendiente del trono español, algo que alarmó a una opinión pública francesa que todavía se acordaba del poder de los Habsburgo con Carlos V. En estas circunstancias, el príncipe renunció prudentemente a la corona. Pero después se produjo la invasión de Napoleón III, quien exigió a Guillermo, cabeza de la Casa de los Hohenzollern, que renunciase para siempre al trono. Bismarck redactó esta exigencia para la prensa de forma tan efectiva que del pecho alemán salió un potente grito de indignación anti francesa. Fuera de sí, Napoleón declaró la guerra a Prusia.
Y sucedió algo inédito: los estados del sur de Alemania se unieron a la Confederación de Alemania del Norte y, gracias a la utilización del ferrocarril y a una mejor dirección, consiguieron derrotar a Francia en Sedán y Metz. Napoleón abdicó, Francia se convirtió en una república y siguió luchando hasta la capitulación de París.
Tras complejísimas negociaciones con los príncipes, Guillermo I fue proclamado emperador alemán en la Sala de los Espejos del Palacio de Versalles.
Veintidós años después de la creación del Parlamento alemán en la iglesia de San Pablo, el objetivo anhelado entonces se alcanzaba ahora por camino contrario: el Parlamento ya no estaba dividido. La unidad nacional era un acto de fundación soberano de los príncipes y del ejército. Juntos, habían conseguido embolsarse la identidad nacional. A partir de ahora, nación ya no se asociaría a pueblo, sino a autoridad del Estado. El astuto estratega que había conseguido engañarlos a todos con sus tretas se llamaba Otto von Bismarck, y los engañados le convirtieron en su héroe, en el canciller de la sangre y la espada, en el forjador de la unidad de Alemania. De forma anómala, el sueño nacional de los demócratas fue hecho realidad por un noble genial y sin escrúpulos, de mente abierta y de instintos feudales.
Así mismo, esta anomalía cobró forma en la Constitución: el emperador era la cabeza del Imperio, el canciller y primer ministro prusiano sólo debía responder ante el emperador y no ante el Parlamento, y era nombrado y destituido por aquél. Había un Bundesrat, en el que estaban representados los distintos estados federales y un Reichstag elegido por sufragio libre, secreto y directo. La figura más importante era el canciller que estaba a merced del monarca. Pero como no debía responder ante el Parlamento, éste tampoco podía destituirlo. De este modo, la constitución impidió que los partidos políticos aprendiesen lo que significa estar en el gobierno y en la oposición y adquirir experiencia en el aparato de gobierno. Los partidos políticos no pasaron de ser clubes ideológicos sin capacidad de decisión.

La nación atrasada
Alemania había construido su Estado nacional mucho después que el resto de los grandes países europeos (a excepción de Polonia); lo hizo, además, cuando las demás naciones ya habían empezado a repartirse el mundo y a formar sus imperios coloniales. En esa época el mundo intelectual estaba alborotado por los debates sobre la teoría de Darwin, que consideraba la supervivencia del más apto como el motor de la evolución biológica. Este ambiente, junto con la repentina activación de todos los recursos nacionales, desencadenaron un desarrollo que en Alemania adquirió la forma de una eficaz recuperación del tiempo perdido.


En una palabra: la importancia de Alemania crecía con rapidez. Bismarck adquirió fama por su política exterior, con la que subrayó la naturaleza pacífica de Alemania e implicó a todas las potencias europeas en una compleja política de alianzas que debía hacer imposible una guerra entre las potencias europeas, pero sobre todo una guerra contra Alemania.
La política de Bismarck estaba basada en este principio: la reconciliación con Francia es imposible, por lo que Francia debe quedar aislada.
Primero intentó establecer una triple alianza entre Alemania, Austria y Rusia. Pero como la Turquía europea se iba disolviendo lentamente, Rusia y Austria acabaron enfrentándose en los Balcanes. Quedaba, pues, Austria.
Después intentó establecer una triple alianza entre Alemania, Austria e Italia, ero los italianos no podían perdonar a Austria que ésta siguiera poseyendo tierra irredenta en Venecia.
Bismarck empeló toda su astucia y fomentó una triple alianza oriental entre Austria, Italia e Inglaterra contra las ofensivas rusas en los Dardanelos. Simultáneamente hizo un pacto secreto con Rusia (Tratado de Reaseguro), en el que prometió apoyar a este país en sus ofensivas en los Dardanelos.
Todo esto era tan sofisticado que sólo Bismarck lo entendía. Pero entonces se produjo la catástrofe: Guillermo I moría en 1888, y su sucesor liberal, el emperador Federico III, fallecía también ese mismo año. Con su muerte, toda la generación liberal quedó relegada. Le sucedió el joven Guillermo II.

Guillermo II y el guillermismo
Guillermo II espera hasta el 20 de marzo de 1890, fecha en la que destituye a Bismarck. Al segundo Reich sólo le quedan veinticuatro años de vida. Después comienza la I Guerra Mundial. Justo once meses antes, una antigua criada austriaca llamada Clara da un hijo a su marido Alois: su nombre es Adolf Hitler. Guillermo le preparará el camino.
El nuevo emperador es arrogante y fanfarrón, carece de humor y le gustan los desfiles militares y las amenazas; encarna la caricatura del prusiano, con el casco de punta y el monóculo. Tiene una mano mutilada, que disimula en los desfiles militares, y un complejo de inferioridad en relación con Inglaterra que le hace desear una flota, pues sabe que el futuro está en el mar. Guillermo tiene ya el ejército más grande, pero ¿qué pensará de él su primo anglosajón al verle sin flota? Se siente, y lo es, un recién llegado que envidia la obvia superioridad del otro. Pero también conoce su propia fuerza y quiere demostrarla. Por eso se dedica a alborotar y a provocar.
En este sentido, Guillermo II representa a la burguesía Guillermina: embriagada por su sentimiento de fuerza, todavía no ha asimilado el galopante aumento de poder de la Alemania unificada. La militarización de la vida a través de la implantación del servicio militar obligatorio y del prestigio del ejército hace que los burgueses se sientan medio aristócratas y adopten las costumbres de éstos: el tono militar del lenguaje de los funcionarios y las autoridades, la férrea disciplina escolar, la rivalidad entre las universidades, la cicatriz en el rostro, como si se regresara del combate, y los uniformes, presentes en todas partes. El mundo se asombra ante el nuevo hombre-máquina y comienza a temerlo. La imagen de los alemanes ha cambiado: el alemán ya no es visto como un poeta soñador o un erudito, sino como un tipo imprevisible, desalmado, frío, como alguien con quien ya no es posible razonar. En Centroeuropa ha surgido un monstruo.

Los frentes
La política de Guillermo II destruyó el sistema de alianzas creado por Bismarck. En primer lugar, su gobierno empujó a Rusia a la cama de Francia, con lo que ésta salió de su aislamiento. Después comenzó a construir la flota alemana, para así poder retar a Inglaterra. Este país ya había  probado en la guerra contra los boérs, hacia 1900, las amargas aguas del aislamiento, por lo que abandonó la venerable política de «splendid isolation» y estableció relaciones militares con Francia. Como Inglaterra seguía siendo fiel a su principio de no pertenecer a ninguna alianza, se hablaba diplomáticamente de una «Entente cordiale», de un entendimiento cordial. La bendición del sistema de alianzas de Bismarck acabó convirtiéndose en una maldición. En Europa se formaron dos frentes poderosamente armados: Alemania, Austria-Hungría y las llamadas potencias centrales por una parte, e Inglaterra, Francia y Rusia por otra (ciertamente, Italia estaba aliada con las potencias centrales, pero después participó en la guerra del lado de los aliados). Si antes sólo se establecía alianzas ante la amenaza de una guerra, ahora la consolidación de las alianzas permitía saber, en tiempo de paz, quién sería el próximo enemigo. Esto hizo de la paz en una preparación para la guerra, avivó la desconfianza, tensó el ambiente y despertó la paranoia y el antisemitismo: en Francia, el capitán Dreyfus fue acusado injustamente de espionaje a favor de Alemania –los traidores eran siempre los judíos–. En tiempo de paz, los Estados Mayores planeaban la guerra. Tal fue el resultado de la desintegración del sistema de alianzas de Bismarck, que muchos historiadores siguen alabando. Pero no sólo esto: de la forma más estúpida, el Imperio había unido el destino de Alemania a una potencia a la que los movimientos de liberación de sus pueblos iban corroyendo paulatinamente: Austria-Hungría. Ante el inminente derrumbe de su único aliado, los políticos alemanes sintieron que el tiempo apremiaba, que el fallecimiento de “Kakania” les obligaba a liberar la batalla decisiva.

Dietrich Schwanitz. “La Cultura. Todo lo que hay que saber”


Kakania: nombre como Musil en su novela El hombre sin cualidades se refiere a Austria-Hungría, de “K y K”: “Kaiserlich-Königlich”, o “imperial-real”.

viernes, 1 de agosto de 2014

Influencia de la guerra de los 30 años en la formación tardía del estado alemán


A propósito de una charla que tuve hace poco en donde hablaba de cuán lejos había que retroceder en la historia para encontrar influencias que llevaran al estallido de la I guerra mundial, recordé el análisis hecho por Dietrich Schwanitz sobre la influencia de la guerra de los Treinta años en la formación tardía del estado alemán. Sé que otros analistas retroceden mucho más en su propósito de determinar causas, hasta la prehistoria misma, al cambio de la sociedad nómada cazadora-recolectora a una sociedad sedentaria agrícola, lo que llevo a las primeras ideas de pertenencia de la tierra, semilla del concepto de nación. Como no he leído un análisis que hilvane estos acontecimientos, prefiero remitirme al que sí leí. Aquí está:

 

Alemania: el derrumbe

En Alemania, la guerra de los Treinta Años (1618-1648) supuso una catástrofe en pérdida de vidas humanas. Los principios rectores de esta guerra fueron dos:

  • establecer la supremacía entre la confesión católica o la protestante,
  • decantarse por la hegemonía del Imperio y del emperador o por la independencia de los príncipes.

La guerra condujo a la independencia de los príncipes, bloqueando así la formación de un Estado nacional, con el resultado de la desmembración del Imperio en pequeños estados. Tal situación introdujo un elemento de indecisión en lo que respecta a la lucha entre las dos confesiones religiosas, pues cada príncipe determinará qué confesión ha de prevalecer en su Estado: el principado de Bayreuth, por ejemplo, es protestante; el obispado de Bamberg, católico. Desde el punto de vista confesional, Alemania se convierte en un mosaico como se aprecia hasta hoy mismo en las distintas idiosincrasias regionales: el sur –es decir Austria, Baviera y Baden, pero no Württemberg– es católico; en el oeste tampoco se ha hecho la luz, ni en el Palatinado, Renania y el sur de Oldemburgo. ¿Qué dice el mito de creación westfaliano? «Y Dios dijo: “¡Qué se haga la Luz!” Pero sólo dos lugares permanecieron a oscuras, Paderborn y Münster. » Essen, por el contrario, al igual que la Baja Sajonia, Turingia, Anhalt, Sajonia, Schleswig-Holstein, Mecklemburgo y Prusia son protestantes. Durante mucho tiempo, este mapa también ha determinado la distribución del color político, ya que, hasta hace poco, en las regiones católicas se votaba al CDU (Unión Cristiana Demócrata), mientras que en las protestantes se prefería al SPD (Partido Socialista Alemán).

Desde el punto de vista estatal, Alemania permaneció fragmentada hasta el surgimiento del Segundo Reich en 1870-1871. Como no había una capital, tampoco se desarrolló ninguna sociedad urbana que pudiera marcar las pautas de la nación en relación con el gusto, la lengua y la forma de vivir. Los alemanes perdieron el contacto con la cultura del lenguaje y del entendimiento mutuo: el diálogo, la retórica, la conversación, la sutileza, la charla, la comprensión, el refinamiento, el humor, la elegancia expresiva, todo esto no forma parte precisamente de las cualidades por las que se les conoce en otros países. Así, los alemanes se refugiaron en el lenguaje más allá del lenguaje: en el canto y en la música; o en la mera intransigencia.

Por lo demás, la larga masacre de la guerra de los Treinta Años convirtió a los alemanes en gente desconsolada y deseosa de encontrar la muerte. En algunas regiones, la guerra supuso el exterminio de un tercio de la población, una matanza en la que participó casi toda Europa: Francia, Dinamarca, Suecia, España, Polonia y otros muchos países. Alemania quedó destrozada, sumida en la barbarie y profundamente traumatizada. La memoria colectiva no ha logrado superar estos hechos.

Por otra parte, Alemania quedó excluida de la carrera de las naciones. No reaparecerá hasta pasado más de dos siglos, y lo hará dividida en dos bloques: Prusia y Austria, con el actual sur de Alemania en el medio. El país entró en la modernidad por un camino catastrófico marcado por la calamidad y la tragedia. Le faltó un Estado nacional, que es, precisamente, la forma en que la democracia empezó manifestándose.

Los casos de Francia e Inglaterra fueron totalmente diferentes. Su ascenso comenzó justo entonces, aunque ambos países recorrieron caminos muy diferentes entre sí.

Dietrich Schwanitz. “La Cultura. Todo lo que hay que saber”

 

Dietrich Schwanitz nació en 1940. Estudió Filología inglesa, Historia y Filosofía en las universidades de Münster, Londres, Filadelfia y Friburgo. De 1978 a 1997 fue profesor de Cultura y Literatura inglesa en la Universidad de Hamburgo. Ha publicado entre otros libros, El Campus, La historia de la cultura inglesa, El Síndrome Shylock y El círculo.

Schwanitz, uno de los autores más controvertidos de la escena cultural europea, murió en diciembre de 2004.