sábado, 9 de agosto de 2014

De Napoleón a la Primera guerra mundial

Continuando con las causas que dieron origen a la Primera guerra mundial es necesario remitirse a la historia del siglo XIX en Europa. El error cometido por los ganadores de las guerras napoleónicas fue pretender que no había pasado nada, que se podía continuar con el antiguo régimen, creer que los súbditos, alegres que el demonio llamado Napoleón hubiera sido vencido, se iban a olvidar de las ideas de la ilustración, las cuales gracias a las conquistas francesas habían sido esparcidas por todo el continente; concluirían que debido a que “El sueño de la razón produce monstruos” lo mejor era despertarse de la pesadilla  y regresar de una vez al siglo XVIII. Mientras algunos reyes no fueron tan cortos de vista y trataron de transigir con las nuevas ideas llevando al despotismo ilustrado (concepto político de finales del siglo XVIII), otros monarcas mostraron toda su estupidez como nuestro Fernando VII aplastando cualquier movimiento reformista tanto en España como en América. Pero el mundo ya no era el mismo, la ilustración sí había calado dentro del pensamiento de Europa, los sueños nacionales no iban a desaparecer con Waterloo.
Me valdré nuevamente de Dietrich Schwanitz para que nos cuente como fue este período, me gusta sobre todo por la forma sucinta como da un repaso a este siglo, ya que de modo alguno pretendo que esto sea un tratado de historia decimonónica. Él cuenta esta historia desde una óptica alemana, lo que nos ayuda más a encaminarnos hacia la Primera guerra mundial.

Napoleón y el fin del Sacro Imperio Romano
Alrededor de 1800, el Sacro Imperio Romano era un revoltijo de doscientos cincuenta  principados independientes. Sólo dos de ellos destacaban sobre los demás: la Austria católica con la de los Habsburgo, que ponía al emperador, y la Prusia protestante. Las dos tenían sus dificultades  en el este, y sus territorios se extendían mucho más allá de las fronteras del Imperio. Austria estaba unida al reino de Hungría, al que había liberado de los turcos, y Prusia había heredado de la Orden Teutónica Prusia Oriental, que no pertenecía al Imperio. Por otra parte, Austria, Prusia y Rusia se habían repartido Polonia, que quedó borrada del mapa en 1795.
La mayoría de los estados pequeños se hallaba en Alemania occidental, en lo que después sería la República Federal de Alemania. Napoleón les dio por primera vez cierta unidad. Para compensar a todos estos príncipes de las pérdidas  que habían sufrido a consecuencia de la anexión francesa de los territorios situados en la ribera izquierda del Rin, el Imperio francés resolvió suprimir el poder eclesiástico y las ciudades libres y reducir los distintos territorios a unas medidas razonables. En 1806, éstos decidieron unirse en la Confederación del Rin y ponerse bajo el protectorado de Napoleón. Francisco I de Austria declaró el fin del Sacro Imperio Romano Germánico. Este imperio había durado mil años, desde el año 800 hasta 1806, y nunca logró funcionar. Era un ente amorfo, con una increíble capacidad para sobrevivir al más bajo nivel. Fue sustituido por los logros de la Revolución francesa: el Código Napoleónico, la igualdad ante la ley, la libertad religiosa, una administración racional, etcétera. La formación de la Confederación del Rin significó el primer paso hacia una Unión europea franco-alemana bajo la batuta de Francia, la influencia de Alemania occidental y la exclusión de Prusia y Austria.


El congreso de Viena (1814-1815)
En el Congreso de Viena se bailó. Y durante las pausas, bajo la dirección del canciller vienés Metternich, se establecieron las bases del orden internacional del siglo XIX. Pero, al hacerlo, se incurrió en una gran contradicción que determinaría la historia de los próximos 150 años:

  •   La Revolución francesa había demostrado que la única forma de modernizar un país era a través del Estado nacional. La posibilidad de que los hombres participaran en la política a través de la democracia presuponía la existencia de una unidad cultural y lingüística. Así pues, democracia y unidad nacional iban juntas: sin un Estado nacional, la democratización se hacía imposible, pues ésta amenazaba con dinamitar el Estado.
  • El Congreso de Viena puso el énfasis en los principios prerrevolucionarios (restauradores) de la legitimidad de los príncipes y del cristianismo, y por eso reprimió los movimientos nacionales y democráticos. Con este fin, las potencias reaccionarias (Prusia, Austria y Rusia) fundaron la Santa Alianza. De estas tres, ciertamente Prusia podía pasar por un Estado nacional, pero que no abarcaba toda la nación.


El período 1850-1870 en Francia, Italia y Estados Unidos
Mientras Alemania seguía ocupada tejiendo su telaraña feudal, otros países mostraron cómo podía resolverse el conflicto de la modernización.
  • En 1850, en Francia un nuevo Napoleón se adueñó de la segunda revolución y, a diferencia de Federico Guillermo IV, aceptó la corona imperial que le otorgó un referéndum popular, llamándose desde entonces Napoleón III, pues el hijo menor de Napoleón fue durante un par de días jefe del Estado francés bajo el nombre de Napoleón II (el nuevo emperador Luis Napoleón era el primer sobrino de Napoleón). En Francia sólo se podía ser emperador por la gracia del pueblo.
  • Al igual que Alemania, Italia estaba dividida en pequeños estados dominados por Austria, y el nacionalismo estaba igual de frustrado (por eso los dos países serían más tarde fascistas). La pequeña Prusia de Italia se llamaba Piamonte-Cerdeña, con capital en Turín. Su primer ministro, Cavour, se aseguró el apoyo de Napoleón en la unificación de Italia y juntos vencieron a Austria en Solferino (el médico Suizo Henri Dunant quedó tan impresionado por la masacre que fundó la Cruz Roja –el negativo de la bandera suiza–). Después se produjo en Italia un levantamiento nacional liderado por Giuseppe Garibaldi, de Niza, que se convirtió en el héroe del pueblo italiano. El norte de Italia ya había sido unificado por el rey Víctor Manuel II (1860), y Garibaldi y sus guerrilleros expulsaron a los Borbones de Sicilia y Nápoles.
  • Entre 1861 y 1865 tuvo lugar la guerra más sangrienta del siglo XIX después de las guerras napoleónicas: la guerra civil americana, que enfrentó a los estados del norte con los del sur. Tras la elección de Abraham Lincoln, los estados esclavistas del sur abandonaron la Unión y formaron su propia federación. La economía de los estados del sur dependía de las plantaciones de los terratenientes seudoaristocráticos, y su explotación era mucho más rentable si se contaba con esclavos (los grandes terratenientes de Prusia también habían explotado sus tierras con sus siervos, los campesinos que no obtuvieron su libertad hasta 1807). El norte, en cambio, era industrial y la industria presupone movilidad y libertad. Ciertamente, en esta guerra civil los americanos combatieron fundamentalmente «por o contra la Unión» o «por o contra la esclavitud», pero detrás de todo esto estaba el conflicto entre dos modos de producción irreconciliables. Muchos han comprendido gracias a la novela de Margaret Mitchell y a la película Lo que el viento se llevó, basada en dicha novela. Como todas las guerras civiles, la americana también fue una guerra extremadamente cruenta, y el triunfo de los estados del norte a dejado secuelas psíquicas reconocibles hasta hoy mismo. Qué es lo que hubiera pasado si hubieran vencido los estados del sur es algo que puede verse en Alemania, donde la Prusia latifundista sometió al occidente industrial. Esta situación sólo ha vuelto a invertirse con la anexión de la antigua República Democrática Alemana por Alemania occidental. Hoy, Alemania se encuentra en la misma situación en la que se hallaban los americanos al final de la guerra civil.


El Segundo Reich
Uno de los defectos congénitos del nuevo Reich fue su fundación a costa de la derrota de Francia. Además, del hecho que se arrebatara a Francia Alsacia-Lorena, ligaba al Segundo Reich con el recuerdo de la humillación sufrida en Francia y con el recuerdo del triunfo militar en Alemania, de modo que celebrar la fundación del Segundo Reich fue siempre celebrar la victoria sobre Francia. Esto envenenó las relaciones entre ambos países.
El proceso se produjo de la siguiente manera: un príncipe católico de la Casa de Hohenzollern se convirtió de pronto en pretendiente del trono español, algo que alarmó a una opinión pública francesa que todavía se acordaba del poder de los Habsburgo con Carlos V. En estas circunstancias, el príncipe renunció prudentemente a la corona. Pero después se produjo la invasión de Napoleón III, quien exigió a Guillermo, cabeza de la Casa de los Hohenzollern, que renunciase para siempre al trono. Bismarck redactó esta exigencia para la prensa de forma tan efectiva que del pecho alemán salió un potente grito de indignación anti francesa. Fuera de sí, Napoleón declaró la guerra a Prusia.
Y sucedió algo inédito: los estados del sur de Alemania se unieron a la Confederación de Alemania del Norte y, gracias a la utilización del ferrocarril y a una mejor dirección, consiguieron derrotar a Francia en Sedán y Metz. Napoleón abdicó, Francia se convirtió en una república y siguió luchando hasta la capitulación de París.
Tras complejísimas negociaciones con los príncipes, Guillermo I fue proclamado emperador alemán en la Sala de los Espejos del Palacio de Versalles.
Veintidós años después de la creación del Parlamento alemán en la iglesia de San Pablo, el objetivo anhelado entonces se alcanzaba ahora por camino contrario: el Parlamento ya no estaba dividido. La unidad nacional era un acto de fundación soberano de los príncipes y del ejército. Juntos, habían conseguido embolsarse la identidad nacional. A partir de ahora, nación ya no se asociaría a pueblo, sino a autoridad del Estado. El astuto estratega que había conseguido engañarlos a todos con sus tretas se llamaba Otto von Bismarck, y los engañados le convirtieron en su héroe, en el canciller de la sangre y la espada, en el forjador de la unidad de Alemania. De forma anómala, el sueño nacional de los demócratas fue hecho realidad por un noble genial y sin escrúpulos, de mente abierta y de instintos feudales.
Así mismo, esta anomalía cobró forma en la Constitución: el emperador era la cabeza del Imperio, el canciller y primer ministro prusiano sólo debía responder ante el emperador y no ante el Parlamento, y era nombrado y destituido por aquél. Había un Bundesrat, en el que estaban representados los distintos estados federales y un Reichstag elegido por sufragio libre, secreto y directo. La figura más importante era el canciller que estaba a merced del monarca. Pero como no debía responder ante el Parlamento, éste tampoco podía destituirlo. De este modo, la constitución impidió que los partidos políticos aprendiesen lo que significa estar en el gobierno y en la oposición y adquirir experiencia en el aparato de gobierno. Los partidos políticos no pasaron de ser clubes ideológicos sin capacidad de decisión.

La nación atrasada
Alemania había construido su Estado nacional mucho después que el resto de los grandes países europeos (a excepción de Polonia); lo hizo, además, cuando las demás naciones ya habían empezado a repartirse el mundo y a formar sus imperios coloniales. En esa época el mundo intelectual estaba alborotado por los debates sobre la teoría de Darwin, que consideraba la supervivencia del más apto como el motor de la evolución biológica. Este ambiente, junto con la repentina activación de todos los recursos nacionales, desencadenaron un desarrollo que en Alemania adquirió la forma de una eficaz recuperación del tiempo perdido.


En una palabra: la importancia de Alemania crecía con rapidez. Bismarck adquirió fama por su política exterior, con la que subrayó la naturaleza pacífica de Alemania e implicó a todas las potencias europeas en una compleja política de alianzas que debía hacer imposible una guerra entre las potencias europeas, pero sobre todo una guerra contra Alemania.
La política de Bismarck estaba basada en este principio: la reconciliación con Francia es imposible, por lo que Francia debe quedar aislada.
Primero intentó establecer una triple alianza entre Alemania, Austria y Rusia. Pero como la Turquía europea se iba disolviendo lentamente, Rusia y Austria acabaron enfrentándose en los Balcanes. Quedaba, pues, Austria.
Después intentó establecer una triple alianza entre Alemania, Austria e Italia, ero los italianos no podían perdonar a Austria que ésta siguiera poseyendo tierra irredenta en Venecia.
Bismarck empeló toda su astucia y fomentó una triple alianza oriental entre Austria, Italia e Inglaterra contra las ofensivas rusas en los Dardanelos. Simultáneamente hizo un pacto secreto con Rusia (Tratado de Reaseguro), en el que prometió apoyar a este país en sus ofensivas en los Dardanelos.
Todo esto era tan sofisticado que sólo Bismarck lo entendía. Pero entonces se produjo la catástrofe: Guillermo I moría en 1888, y su sucesor liberal, el emperador Federico III, fallecía también ese mismo año. Con su muerte, toda la generación liberal quedó relegada. Le sucedió el joven Guillermo II.

Guillermo II y el guillermismo
Guillermo II espera hasta el 20 de marzo de 1890, fecha en la que destituye a Bismarck. Al segundo Reich sólo le quedan veinticuatro años de vida. Después comienza la I Guerra Mundial. Justo once meses antes, una antigua criada austriaca llamada Clara da un hijo a su marido Alois: su nombre es Adolf Hitler. Guillermo le preparará el camino.
El nuevo emperador es arrogante y fanfarrón, carece de humor y le gustan los desfiles militares y las amenazas; encarna la caricatura del prusiano, con el casco de punta y el monóculo. Tiene una mano mutilada, que disimula en los desfiles militares, y un complejo de inferioridad en relación con Inglaterra que le hace desear una flota, pues sabe que el futuro está en el mar. Guillermo tiene ya el ejército más grande, pero ¿qué pensará de él su primo anglosajón al verle sin flota? Se siente, y lo es, un recién llegado que envidia la obvia superioridad del otro. Pero también conoce su propia fuerza y quiere demostrarla. Por eso se dedica a alborotar y a provocar.
En este sentido, Guillermo II representa a la burguesía Guillermina: embriagada por su sentimiento de fuerza, todavía no ha asimilado el galopante aumento de poder de la Alemania unificada. La militarización de la vida a través de la implantación del servicio militar obligatorio y del prestigio del ejército hace que los burgueses se sientan medio aristócratas y adopten las costumbres de éstos: el tono militar del lenguaje de los funcionarios y las autoridades, la férrea disciplina escolar, la rivalidad entre las universidades, la cicatriz en el rostro, como si se regresara del combate, y los uniformes, presentes en todas partes. El mundo se asombra ante el nuevo hombre-máquina y comienza a temerlo. La imagen de los alemanes ha cambiado: el alemán ya no es visto como un poeta soñador o un erudito, sino como un tipo imprevisible, desalmado, frío, como alguien con quien ya no es posible razonar. En Centroeuropa ha surgido un monstruo.

Los frentes
La política de Guillermo II destruyó el sistema de alianzas creado por Bismarck. En primer lugar, su gobierno empujó a Rusia a la cama de Francia, con lo que ésta salió de su aislamiento. Después comenzó a construir la flota alemana, para así poder retar a Inglaterra. Este país ya había  probado en la guerra contra los boérs, hacia 1900, las amargas aguas del aislamiento, por lo que abandonó la venerable política de «splendid isolation» y estableció relaciones militares con Francia. Como Inglaterra seguía siendo fiel a su principio de no pertenecer a ninguna alianza, se hablaba diplomáticamente de una «Entente cordiale», de un entendimiento cordial. La bendición del sistema de alianzas de Bismarck acabó convirtiéndose en una maldición. En Europa se formaron dos frentes poderosamente armados: Alemania, Austria-Hungría y las llamadas potencias centrales por una parte, e Inglaterra, Francia y Rusia por otra (ciertamente, Italia estaba aliada con las potencias centrales, pero después participó en la guerra del lado de los aliados). Si antes sólo se establecía alianzas ante la amenaza de una guerra, ahora la consolidación de las alianzas permitía saber, en tiempo de paz, quién sería el próximo enemigo. Esto hizo de la paz en una preparación para la guerra, avivó la desconfianza, tensó el ambiente y despertó la paranoia y el antisemitismo: en Francia, el capitán Dreyfus fue acusado injustamente de espionaje a favor de Alemania –los traidores eran siempre los judíos–. En tiempo de paz, los Estados Mayores planeaban la guerra. Tal fue el resultado de la desintegración del sistema de alianzas de Bismarck, que muchos historiadores siguen alabando. Pero no sólo esto: de la forma más estúpida, el Imperio había unido el destino de Alemania a una potencia a la que los movimientos de liberación de sus pueblos iban corroyendo paulatinamente: Austria-Hungría. Ante el inminente derrumbe de su único aliado, los políticos alemanes sintieron que el tiempo apremiaba, que el fallecimiento de “Kakania” les obligaba a liberar la batalla decisiva.

Dietrich Schwanitz. “La Cultura. Todo lo que hay que saber”


Kakania: nombre como Musil en su novela El hombre sin cualidades se refiere a Austria-Hungría, de “K y K”: “Kaiserlich-Königlich”, o “imperial-real”.

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