En las entregas anteriores he
colocado de relieve lo determinante que fueron los alemanes en el estallido de
la Primera guerra mundial debido a sus propósitos imperialistas en un mundo
donde los viejos imperios ya se habían repartido el mundo. Pero los alemanes no
eran los únicos con mentalidad imperialista, esto era lo común en la Europa del
siglo XIX. Así como en el pasado el cristianismo, o más propiamente el afán
evangelizador, sirvió de excusa para sojuzgar pueblos, el eurocentrismo fue la nueva
religión que se utilizó como pretexto para tomarse el mundo: Europa con su
civilización, moral y cultura superior, tiene no solo el derecho, sino la
obligación de llevar la luz a los demás pueblos menos favorecidos, para así
sacarlos de su retraso.
"Cierto que puede presentar
factura por el servicio, después de todo no somos comunistas", de esta
forma, como mafiosos, se rifaban el mundo. Sin tener consideración de los
pueblos que allí vivían, dividían territorios de África de una manera tan burda
como se puede apreciar aún hoy en los mapas de los países que dejaron, líneas
rectas que más parecen divisiones de latifundios, en realidad eso eran. Los
imperios establecidos se confiaron de su poder para no permitir que las
naciones emergentes tomaran una posición en la palestra mundial. Esas eran las
reglas de juego, cada imperio buscaba tener más territorios a través de
movimientos diplomáticos, estratégicos o bélicos, con lo cual tener la
hegemonía sobre las demás naciones europeas. De ahí que la rivalidad entre el
Reino Unido y Rusia durante el siglo XIX se conociera como el “Gran juego”.
Por lo anterior, es necesario
abordar los demás países en la contienda. Acercándonos más a la Primera guerra
mundial, tenemos que hablar de la situación en la que se encontraba el Imperio austro-húngaro,
este estado dual se había formado como
parte de las luchas en contra del Imperio turco otomano. Cuando Hungría
logró separarse de los turcos, para afianzar su escisión, se unieron con los
austríacos, el jefe de estado era Emperador en Austria y rey de Hungría, de ahí
que se le conociera como “Imperial-Real” o “K.K.” (Kaiserlich-Königlich). Austria-Hungría
estaba compuesta por todo un mosaico de pueblos: germanos, magiares, checos,
eslovacos, polacos, serbios, croatas, italianos, rumanos, etc.
Esta vez invitaré Jacques Pirenne
para que nos cuente esta parte de la historia, el texto lo extraje de su
famosísima obra “Historia Universal. Las grandes corrientes de la historia”,
como su nombre lo indica, aborda la historia como un conjunto de corrientes y no
como hechos puntuales. También me valdré de la “Historia universal” de Carl
Grimberg (como curiosidad Grimberg no
alcanzó a escribir esta parte de la obra porque murió antes de llegar a ella,
la culminó, basándose en las notas de Grimberg, Ragnar Svanström). La organización que le he
dado al texto es el siguiente: el origen del imperio austro-húngaro; como, desde
su inicio, estaba a punto de disgregarse y los esfuerzos que hizo Francisco
José para mantenerlo unido, muchas veces de forma cruenta; luego lo único que lo mantiene es la unidad
dinástica, y ahí precisamente es donde el sino trágico de Francisco José toma
relevancia, los principales herederos o posibles sucesores terminan muertos de
forma violenta, su hermano Maximiliano, fusilado en México donde había llegado
como rey dentro de una estrategia de hegemonía de Francia a nivel mundial; su
hijo Rodolfo se suicida junto con su amante, al parecer la estricta disciplina
castrense impuesta por su padre desde niño afecto psicológicamente la
personalidad del príncipe; y finalmente su sobrino, heredero al trono,
Francisco Fernando es asesinado en Sarajevo lo que detona la Primera guerra
mundial; antes de eso su esposa, la hermosa emperatriz Isabel, más conocida
como Sissi, es asesinada en Suiza por el anarquista italiano Luigi Lucheni; de ella se han hecho múltiples películas,
mostrando el gran amor que se tenían, al parecer no lo fue tanto, aunque habría
que dejarle esa parte a la prensa rosa. Aunque en la obra de Grimberg se habla que
Francisco José supo sobreponerse a estas tragedias, es fácil dejarse llevar por
la idea que cuando se presentó el asesinato de su sobrino, la sobrerreacción
del emperador se vio influenciada por
los hechos que le precedieron, o por lo menos dejarse llevar por el plan
orquestado con Alemania, el de la guerra como fuera. Como ucronía sería bueno
analizar si de no suceder estos acontecimientos que tanto hubiera cambiado la
historia y si la conflagración hubiera estallado. De todos modos, como veremos
en el texto de Pirenne, había muchos más intereses en el escenario internacional
que una simple tragedia familiar.
Los soberanos de Austria y Prusia recobran la autoridad.
Una vez restaurada por todo el
imperio austriaco la autoridad de Viena, se consideró que había llegado el
momento oportuno de dar marcha atrás, y para infundir la máxima amplitud al
poder imperial el emperador Fernando abdicó. La corona, por renuncia de su
hermano, pasó a su sobrino Francisco José (2 de diciembre de 1848).
En Hungría la guerra civil
causaba estragos, y el Parlamento, alegando que el rey no podía abdicar, se
negaba a reconocer a Francisco José. Windischgraetz ocupó militarmente Buda y
Pest, y el Parlamento y el Comité Ejecutivo huyeron a Debrecezen. De esta forma
Hungría quedaba también sujeta a la dictadura militar, reforzada por un cuerpo
de ejército ruso.
Francisco José, alegando que las
concesiones hechas por su antecesor habían desaparecido con su ascensión al
trono, anunció su intención de unir a todos los países de la monarquía en un gran
Imperio.
Francisco José otorga una constitución única
Despreciando las tareas del
Parlamento austriaco reunido en Kremsier, el emperador otorgó el 4 de marzo de 1849 una Constitución
para todo el imperio y disolvió la Asamblea. Esta Constitución, promulgada
simultáneamente en Viena y en Pest, creaba una Cámara Baja y una Cámara Alta,
reservada en sus tres cuartas partes a los nobles o grandes terratenientes, y
garantizaba la libertad personal y religiosa, así como la igualdad de derechos
para todas las nacionalidades.
…
Venecia, anexionada de nuevo a Austria
Venecia, bloqueada desde
septiembre de 1848 por las fuerzas austriacas, preparó su resistencia, y con
este fin concedió a Manin poderes dictatoriales e impuso un empréstito forzoso.
En respuesta, Austria bombardeó la ciudad. Los venecianos resistieron durante
cinco meses, hasta que sin víveres y diezmados por el hambre y el cólera
tuvieron que capitular el 27 de abril. La República veneciana volvía a
convertirse en una provincia austriaca.
…
Francisco José inaugura el imperio unitario.
A la política alemana de
Schwarzenberg, tendente a asegurar la hegemonía austriaca en Europa central,
correspondía una política interior destinada a restaurar el poder absoluto del
emperador. Y para lograrlo era preciso, en primer lugar, anular las
instituciones nacionales que los acontecimientos de 1848 habían concedido a los
diferentes pueblos del imperio. Esto fue lo que hizo la Constitución del 4 de
marzo de 1849, colocando a los ducados austriacos, Hungría, Bohemia y a las
provincias eslavas dentro de un marco constitucional único, dependiente de la
autoridad del emperador.
Se revolucionó Hungría y la sublevación
fue ahogada en sangre (mayo de 1849). Más tarde, una conferencia episcopal
reunida en Viena condenaba las aspiraciones nacionales. Desde entonces, el
derecho divino no vaciló en sancionar el poder del emperador y la unidad del
Imperio.
La victoria de la monarquía de
los Habsburgo sobre liberales y nacionalistas fue posible por la intervención
del ejército y el apoyo militar proporcionado por el zar. La vuelta al
absolutismo en Austria vino por estos dos cauces: la existencia de un poderoso
ejército austriaco bajo el mando único del emperador, y la alianza con Rusia.
Tales fueron los factores que contribuyeron a la restauración del absolutismo
imperial en 1851, al regreso de Metternich a Viena.
Frente al liberalismo, el
absolutismo tenía que apoyarse en el restablecimiento del régimen nobiliario o
en la fuerza representada por el ejército.
Lo primero era imposible porque
la nobleza húngara, celosa de sus privilegios, se manifestaba hostil al poder
absoluto del soberano, así como a la unidad del Imperio. Francisco José sabía
que su plan contaría con la oposición de la aristocracia y que, por
consiguiente, no le quedaba otro apoyo que el ejército.
…
El imperio austriaco se disgrega.
Contrariamente a Alemania, en
Austria, carente de unidad racista, se integraban germánicos, magiares y
eslavos, entre los que era preciso contar también con checos, polacos y eslavos
del Sur, encauzados todos, desde 1848, por un movimiento nacional cada vez más
intenso. En la Austria alemana dominaban las ideas pangermanistas; los checos,
por reacción contra la poderosa aristocracia terrateniente alemana de Bohemia,
se inclinaban por el paneslavismo, y finalmente, los eslavos del Sur, si bien
divididos en distintas comunidades y escindidos religiosamente en servios
ortodoxos y croatas católicos, estaban orientados hacia la Gran Yugoeslavia. El
único lazo que los mantenía unidos políticamente era la dinastía. Frente al bloque sostenido
por la mística del racismo germánico que representaba Alemania, en pleno auge
económico e intelectual, Austria aparecía como un conglomerado arcaico, como
una supervivencia de tiempos pasados. Sus clases dirigentes compartían ese
patriotismo sin esperanza que interpretó el poeta vienés Grillparzer, el cantor
de la Austria que había sido primera potencia de Europa a comienzos del siglo
XIX y que, arrastrada por las corrientes nacionalistas, se disgregaba, Austria
moría políticamente, sin fuerzas ya para integrarse al progreso económico ni a
la corriente intelectual de su tiempo.
Francisco José, cuya única
política posible consistía en asegurar la supervivencia de la dinastía, intentó
en 1870 acomodarse a esta situación tratando de convertir a Austria en un
imperio federal, pero Bismarck no estaba dispuesto a renunciar al dominio que,
a través de Austria, ejercía la raza alemana sobre los eslavos de la doble
monarquía, y que para su mantenimiento requería una Austria fuertemente
centralizada en la autoridad imperial. Se alió, pues, con los húngaros, quienes
habiendo alcanzado en 1871 un puesto relevante en el Imperio iban a imponer la
doble monarquía, bajo la autoridad del canciller húngaro Andrassy, un
absolutismo repartido entre Austria, dueña de los checos y de los polacos, y
Hungría, dominadora de los rumanos de Transilvania y de los eslavos del Sur.
Por otra parte, tampoco el
Imperio ruso habría visto con agrado la constitución de una Austria federal, en
donde los polacos de Galitzia, al recobrar la autonomía, se revelasen como
peligroso polo de atracción para los polacos incorporados a Rusia y Alemania.
La política interior de Austria
quedaba así suspendida a los intereses de los imperios germánico y eslavo. Y
del mismo modo que la influencia de Bismarck determinó que Francisco José
volviese a una fórmula centralizadora, igualmente la de Alejandro II impuso la
conclusión de un acuerdo entre los tres emperadores garantizando el
mantenimiento del reparto de Polonia.
Jacques Pirenne
Historia Universal. Las grandes corrientes de la historia
El imperio de Francisco
José
En 1879, el cambio de Bismarck en
política exterior fue igualmente espectacular. La nueva orientación exigía un
acercamiento a Austria; en consecuencia, el 13 de agosto de 1879, el canciller
telegrafió al ministro de Asuntos Exteriores de Austria-Hungría, conde
Andrassy, para proponerle una entrevista; éste aceptó y visitó a Bismarck el 27
y 28 de agosto. El acuerdo fue fácil: la alianza defensiva entre Alemania y Austria.
Al cabo de unos días, Andrassy comunicaba a Bismarck que el emperador Francisco
José aprobaba las condiciones provisionales.
Mucho más tarde, Francisco José
diría a Teodoro Roosevelt: «¡Soy el último monarca de la vieja escuela!».
Francisco José reinó durante sesenta y ocho años. La revolución de 1848 le
produjo el miedo a las barricadas, una constante preocupación que influyó en él
toda su vida; el primero de sus ministros-presidentes, el príncipe Schwarzenberg,
le repetía que, en su calidad de emperador por la gracia de Dios, disfrutaba de
derechos especiales, pero también de obligaciones especiales, y como la palabra
«deber» adquiría pleno sentido en un hombre de su carácter, años tras año y
década tras década, Francisco José trabajó desde la mañana hasta la tarde,
estudiando los documentos que le llevaban sus ministros. El emperador, muy
susceptible, cumplía meticulosamente todas las obligaciones del reglamento y de
la etiqueta; quien solicitaba audiencia era recibido, y el ejército era objeto
de todos sus cuidados: por otra parte, entre los militares se encontraba a sus
anchas, y él mismo vestía continuamente de uniforme.
Del emperador se dice que en
cierta ocasión exclamó que ninguna desgracia le había respetado; en su vida
familiar, mientras la tuvo, una tragedia sucedió a otra: su hermano Maximiliano
murió ante un pelotón de ejecución en México; su hijo, el príncipe heredero
Rodolfo, se suicidó en el castillo de Mayerling, en el Wienerwald, con su
amante la baronesa Vetsera; su esposa, la hermosa y neurótica emperatriz
Elisabeth, fue asesinada por un anarquista en Suiza. Tales desdichas hubieran
aniquilado al más resistente, pero Francisco José prosiguió su tarea de
soberano sin flaquear. Desapareció su generación, sus amigos murieron a su vez,
y el emperador se quedó sólo. Comprendía muy poco lo que pasaba en el mundo;
solamente que las fuerzas revolucionarias no cesaban de actuar y que él,
Francisco José, debía combatirlas. A su juicio, la revolución era la síntesis
de todos los males de la tierra.
Carl Grimberg y Ragnar Svanström
Historia universal
Jacques Pirenne (1891-1972) Conde Pirenne, fue un historiador y
jurista belga. Doctor “honoris causa” de las Universidades de Bruselas y
Ginebra, miembro de la Real Academia de Bélgica.
Carl Grimberg (1875-1941) Historiador sueco. Profesor de historia
de la Universidad de Gotemburgo hasta 1918, dedicándose exclusivamente después
a la historiografía.




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