sábado, 16 de agosto de 2014

La tragedia de Francisco José

En las entregas anteriores he colocado de relieve lo determinante que fueron los alemanes en el estallido de la Primera guerra mundial debido a sus propósitos imperialistas en un mundo donde los viejos imperios ya se habían repartido el mundo. Pero los alemanes no eran los únicos con mentalidad imperialista, esto era lo común en la Europa del siglo XIX. Así como en el pasado el cristianismo, o más propiamente el afán evangelizador, sirvió de excusa para sojuzgar pueblos, el eurocentrismo fue la nueva religión que se utilizó como pretexto para tomarse el mundo: Europa con su civilización, moral y cultura superior, tiene no solo el derecho, sino la obligación de llevar la luz a los demás pueblos menos favorecidos, para así sacarlos de su retraso.
"Cierto que puede presentar factura por el servicio, después de todo no somos comunistas", de esta forma, como mafiosos, se rifaban el mundo. Sin tener consideración de los pueblos que allí vivían, dividían territorios de África de una manera tan burda como se puede apreciar aún hoy en los mapas de los países que dejaron, líneas rectas que más parecen divisiones de latifundios, en realidad eso eran. Los imperios establecidos se confiaron de su poder para no permitir que las naciones emergentes tomaran una posición en la palestra mundial. Esas eran las reglas de juego, cada imperio buscaba tener más territorios a través de movimientos diplomáticos, estratégicos o bélicos, con lo cual tener la hegemonía sobre las demás naciones europeas. De ahí que la rivalidad entre el Reino Unido y Rusia durante el siglo XIX se conociera como el “Gran juego”.
Por lo anterior, es necesario abordar los demás países en la contienda. Acercándonos más a la Primera guerra mundial, tenemos que hablar de la situación en la que se encontraba el Imperio austro-húngaro, este estado dual se había formado como  parte de las luchas en contra del Imperio turco otomano. Cuando Hungría logró separarse de los turcos, para afianzar su escisión, se unieron con los austríacos, el jefe de estado era Emperador en Austria y rey de Hungría, de ahí que se le conociera como “Imperial-Real” o “K.K.” (Kaiserlich-Königlich). Austria-Hungría estaba compuesta por todo un mosaico de pueblos: germanos, magiares, checos, eslovacos, polacos, serbios, croatas, italianos, rumanos, etc.
Esta vez invitaré Jacques Pirenne para que nos cuente esta parte de la historia, el texto lo extraje de su famosísima obra “Historia Universal. Las grandes corrientes de la historia”, como su nombre lo indica, aborda la historia como un conjunto de corrientes y no como hechos puntuales. También me valdré de la “Historia universal” de Carl Grimberg  (como curiosidad Grimberg no alcanzó a escribir esta parte de la obra porque murió antes de llegar a ella, la culminó, basándose en las notas de Grimberg, Ragnar Svanström). La organización que le he dado al texto es el siguiente: el origen del imperio austro-húngaro; como, desde su inicio, estaba a punto de disgregarse y los esfuerzos que hizo Francisco José para mantenerlo unido, muchas veces de forma cruenta;  luego lo único que lo mantiene es la unidad dinástica, y ahí precisamente es donde el sino trágico de Francisco José toma relevancia, los principales herederos o posibles sucesores terminan muertos de forma violenta, su hermano Maximiliano, fusilado en México donde había llegado como rey dentro de una estrategia de hegemonía de Francia a nivel mundial; su hijo Rodolfo se suicida junto con su amante, al parecer la estricta disciplina castrense impuesta por su padre desde niño afecto psicológicamente la personalidad del príncipe; y finalmente su sobrino, heredero al trono, Francisco Fernando es asesinado en Sarajevo lo que detona la Primera guerra mundial; antes de eso su esposa, la hermosa emperatriz Isabel, más conocida como Sissi, es asesinada en Suiza por el anarquista italiano Luigi Lucheni; de ella se han hecho múltiples películas, mostrando el gran amor que se tenían, al parecer no lo fue tanto, aunque habría que dejarle esa parte a la prensa rosa. Aunque en la obra de Grimberg se habla que Francisco José supo sobreponerse a estas tragedias, es fácil dejarse llevar por la idea que cuando se presentó el asesinato de su sobrino, la sobrerreacción del emperador se vio influenciada  por los hechos que le precedieron, o por lo menos dejarse llevar por el plan orquestado con Alemania, el de la guerra como fuera. Como ucronía sería bueno analizar si de no suceder estos acontecimientos que tanto hubiera cambiado la historia y si la conflagración hubiera estallado. De todos modos, como veremos en el texto de Pirenne, había muchos más intereses en el escenario internacional que una simple tragedia familiar.


Los soberanos de Austria y Prusia recobran la autoridad.
Una vez restaurada por todo el imperio austriaco la autoridad de Viena, se consideró que había llegado el momento oportuno de dar marcha atrás, y para infundir la máxima amplitud al poder imperial el emperador Fernando abdicó. La corona, por renuncia de su hermano, pasó a su sobrino Francisco José (2 de diciembre de 1848).
En Hungría la guerra civil causaba estragos, y el Parlamento, alegando que el rey no podía abdicar, se negaba a reconocer a Francisco José. Windischgraetz ocupó militarmente Buda y Pest, y el Parlamento y el Comité Ejecutivo huyeron a Debrecezen. De esta forma Hungría quedaba también sujeta a la dictadura militar, reforzada por un cuerpo de ejército ruso.
Francisco José, alegando que las concesiones hechas por su antecesor habían desaparecido con su ascensión al trono, anunció su intención de unir a todos los países de la monarquía en un gran Imperio.

Francisco José otorga una constitución única
Despreciando las tareas del Parlamento austriaco reunido en Kremsier, el emperador  otorgó el 4 de marzo de 1849 una Constitución para todo el imperio y disolvió la Asamblea. Esta Constitución, promulgada simultáneamente en Viena y en Pest, creaba una Cámara Baja y una Cámara Alta, reservada en sus tres cuartas partes a los nobles o grandes terratenientes, y garantizaba la libertad personal y religiosa, así como la igualdad de derechos para todas las nacionalidades.

Venecia, anexionada de nuevo a Austria
Venecia, bloqueada desde septiembre de 1848 por las fuerzas austriacas, preparó su resistencia, y con este fin concedió a Manin poderes dictatoriales e impuso un empréstito forzoso. En respuesta, Austria bombardeó la ciudad. Los venecianos resistieron durante cinco meses, hasta que sin víveres y diezmados por el hambre y el cólera tuvieron que capitular el 27 de abril. La República veneciana volvía a convertirse en una provincia austriaca.

Francisco José inaugura el imperio unitario.
A la política alemana de Schwarzenberg, tendente a asegurar la hegemonía austriaca en Europa central, correspondía una política interior destinada a restaurar el poder absoluto del emperador. Y para lograrlo era preciso, en primer lugar, anular las instituciones nacionales que los acontecimientos de 1848 habían concedido a los diferentes pueblos del imperio. Esto fue lo que hizo la Constitución del 4 de marzo de 1849, colocando a los ducados austriacos, Hungría, Bohemia y a las provincias eslavas dentro de un marco constitucional único, dependiente de la autoridad del emperador.
Se revolucionó Hungría y la sublevación fue ahogada en sangre (mayo de 1849). Más tarde, una conferencia episcopal reunida en Viena condenaba las aspiraciones nacionales. Desde entonces, el derecho divino no vaciló en sancionar el poder del emperador y la unidad del Imperio.
La victoria de la monarquía de los Habsburgo sobre liberales y nacionalistas fue posible por la intervención del ejército y el apoyo militar proporcionado por el zar. La vuelta al absolutismo en Austria vino por estos dos cauces: la existencia de un poderoso ejército austriaco bajo el mando único del emperador, y la alianza con Rusia. Tales fueron los factores que contribuyeron a la restauración del absolutismo imperial en 1851, al regreso de Metternich a Viena.
Frente al liberalismo, el absolutismo tenía que apoyarse en el restablecimiento del régimen nobiliario o en la fuerza representada por el ejército.
Lo primero era imposible porque la nobleza húngara, celosa de sus privilegios, se manifestaba hostil al poder absoluto del soberano, así como a la unidad del Imperio. Francisco José sabía que su plan contaría con la oposición de la aristocracia y que, por consiguiente, no le quedaba otro apoyo que el ejército.

El imperio austriaco se disgrega.
Contrariamente a Alemania, en Austria, carente de unidad racista, se integraban germánicos, magiares y eslavos, entre los que era preciso contar también con checos, polacos y eslavos del Sur, encauzados todos, desde 1848, por un movimiento nacional cada vez más intenso. En la Austria alemana dominaban las ideas pangermanistas; los checos, por reacción contra la poderosa aristocracia terrateniente alemana de Bohemia, se inclinaban por el paneslavismo, y finalmente, los eslavos del Sur, si bien divididos en distintas comunidades y escindidos religiosamente en servios ortodoxos y croatas católicos, estaban orientados hacia la Gran Yugoeslavia. El único lazo que los mantenía unidos políticamente  era la dinastía. Frente al bloque sostenido por la mística del racismo germánico que representaba Alemania, en pleno auge económico e intelectual, Austria aparecía como un conglomerado arcaico, como una supervivencia de tiempos pasados. Sus clases dirigentes compartían ese patriotismo sin esperanza que interpretó el poeta vienés Grillparzer, el cantor de la Austria que había sido primera potencia de Europa a comienzos del siglo XIX y que, arrastrada por las corrientes nacionalistas, se disgregaba, Austria moría políticamente, sin fuerzas ya para integrarse al progreso económico ni a la corriente intelectual de su tiempo.
Francisco José, cuya única política posible consistía en asegurar la supervivencia de la dinastía, intentó en 1870 acomodarse a esta situación tratando de convertir a Austria en un imperio federal, pero Bismarck no estaba dispuesto a renunciar al dominio que, a través de Austria, ejercía la raza alemana sobre los eslavos de la doble monarquía, y que para su mantenimiento requería una Austria fuertemente centralizada en la autoridad imperial. Se alió, pues, con los húngaros, quienes habiendo alcanzado en 1871 un puesto relevante en el Imperio iban a imponer la doble monarquía, bajo la autoridad del canciller húngaro Andrassy, un absolutismo repartido entre Austria, dueña de los checos y de los polacos, y Hungría, dominadora de los rumanos de Transilvania y de los eslavos del Sur.
Por otra parte, tampoco el Imperio ruso habría visto con agrado la constitución de una Austria federal, en donde los polacos de Galitzia, al recobrar la autonomía, se revelasen como peligroso polo de atracción para los polacos incorporados a Rusia y Alemania.
La política interior de Austria quedaba así suspendida a los intereses de los imperios germánico y eslavo. Y del mismo modo que la influencia de Bismarck determinó que Francisco José volviese a una fórmula centralizadora, igualmente la de Alejandro II impuso la conclusión de un acuerdo entre los tres emperadores garantizando el mantenimiento del reparto de Polonia.
Jacques Pirenne
Historia Universal. Las grandes corrientes de la historia


El imperio de Francisco José
En 1879, el cambio de Bismarck en política exterior fue igualmente espectacular. La nueva orientación exigía un acercamiento a Austria; en consecuencia, el 13 de agosto de 1879, el canciller telegrafió al ministro de Asuntos Exteriores de Austria-Hungría, conde Andrassy, para proponerle una entrevista; éste aceptó y visitó a Bismarck el 27 y 28 de agosto. El acuerdo fue fácil: la alianza defensiva entre Alemania y Austria. Al cabo de unos días, Andrassy comunicaba a Bismarck que el emperador Francisco José aprobaba las condiciones provisionales.
Mucho más tarde, Francisco José diría a Teodoro Roosevelt: «¡Soy el último monarca de la vieja escuela!». Francisco José reinó durante sesenta y ocho años. La revolución de 1848 le produjo el miedo a las barricadas, una constante preocupación que influyó en él toda su vida; el primero de sus ministros-presidentes, el príncipe Schwarzenberg, le repetía que, en su calidad de emperador por la gracia de Dios, disfrutaba de derechos especiales, pero también de obligaciones especiales, y como la palabra «deber» adquiría pleno sentido en un hombre de su carácter, años tras año y década tras década, Francisco José trabajó desde la mañana hasta la tarde, estudiando los documentos que le llevaban sus ministros. El emperador, muy susceptible, cumplía meticulosamente todas las obligaciones del reglamento y de la etiqueta; quien solicitaba audiencia era recibido, y el ejército era objeto de todos sus cuidados: por otra parte, entre los militares se encontraba a sus anchas, y él mismo vestía continuamente de uniforme.
Del emperador se dice que en cierta ocasión exclamó que ninguna desgracia le había respetado; en su vida familiar, mientras la tuvo, una tragedia sucedió a otra: su hermano Maximiliano murió ante un pelotón de ejecución en México; su hijo, el príncipe heredero Rodolfo, se suicidó en el castillo de Mayerling, en el Wienerwald, con su amante la baronesa Vetsera; su esposa, la hermosa y neurótica emperatriz Elisabeth, fue asesinada por un anarquista en Suiza. Tales desdichas hubieran aniquilado al más resistente, pero Francisco José prosiguió su tarea de soberano sin flaquear. Desapareció su generación, sus amigos murieron a su vez, y el emperador se quedó sólo. Comprendía muy poco lo que pasaba en el mundo; solamente que las fuerzas revolucionarias no cesaban de actuar y que él, Francisco José, debía combatirlas. A su juicio, la revolución era la síntesis de todos los males de la tierra.
Carl Grimberg y Ragnar Svanström
Historia universal


Jacques Pirenne (1891-1972) Conde Pirenne, fue un historiador y jurista belga. Doctor “honoris causa” de las Universidades de Bruselas y Ginebra, miembro de la Real Academia de Bélgica.

Carl Grimberg (1875-1941) Historiador sueco. Profesor de historia de la Universidad de Gotemburgo hasta 1918, dedicándose exclusivamente después a la historiografía.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario